La mesa está servida

Cuántas veces has tenido que sentarte cuando la mesa está servida  tratando de asimilar o digerir aquello que estaba dando vueltas en tu mente y hasta en tu corazón luego de un desplante o unas palabras hirientes.

En algunos casos me encontré con el orgullo herido y en otras con el disparador de la
arrogancia y la soberbia activado a mil que me hacía responder de manera automática.
¿Una saludable dosis de frustración?, ¿quién ha dicho que todo tiene que suceder de la
manera en que quiero o espero?

Solo los que se detienen a pensar y quieren un cambio en su forma de relacionarse,
responder en lugar de reaccionar, son los que se permiten decidir si se sientan cuando la mesa está servida o declinan con total señorío lo que no les apetece, aquello en lo que no están dispuestos a participar.

Tal como escuché y aprendí, hay situaciones y momentos en que las cosas tienen que
decirse, sí, por supuesto, pero no estallando la cara contra una torta sino de manera
bonita, elegante, que suene bien, a eso se refiere el señorío.

Por su puesto a nadie le gusta ser corregido ni que queden en evidencia sus errores, por
ello si el debido señalamiento va acompañado de una corrección privada al menos a la primera oportunidad de tropiezo tanto mejor.

Aprovecho acá para hacer un inciso de algo que necesita aún de mayor atención y es
que, permítaseme el coloquio, “una cosa piensa el burro y otra el que lo arrea”. Dígame pues si no se han visto casos en los que el que ofende, ataca o maltrata aparece con algo como “no te preocupes que no me molesté”,  haciendo ver que el error nunca ocurrió.

Rojo el color de la ira ante la desfachatez y la falta de respeto, por ello resulta valioso
entrenarse para saber calibrar el mejor momento en el cual levantarse y salirse del
recinto con toda prestancia, aún si la mesa está servida.

No se trata de una batalla campal por ganar el derecho a tener la razón pero sí de
conservar la paz que puede proveer no engancharse en discusiones estériles y aprender a conocer la naturaleza humana para poder sobrellevarla.

Bienvenida pues la realidad y la pericia para enarbolar la bandera roja que dice que
cuando se pierde el respeto y hay maltrato sin mayor explicación, se pierde todo, y
aunque la mesa está servida, por ahí no es.

Preferible entonces relacionarse desde una verdad desnuda y evitar el contacto más allá
de las normas de cortesía básicas al sacrificio de sostener una mentira disfrazada.

No sé si lo habías notado pero resulta incómodo, áspero como lija y punzante como espina, obsequiar un abrazo cuando no hay deseo genuino en el corazón.

La mesa está servida
La mesa está servida – Foto cortesía de SheEmprende

Hablemos de las emociones

Ya te había mencionado el orgullo herido cuya raíz proviene de la soberbia, uno de los
principales vicios en lo que podemos caer como seres imperfectamente humanos que
somos.

Por ello te presento una breve disertación, propuesta por el Padre Miguel Guerra
@pmiguelguerra, que puede ayudarnos a identificar en qué consiste cada uno de esos
vicios y la virtud que, si decidimos cultivarla, puede ser la respuesta cuando la meta es
llegar a ser mejor persona.

La soberbia se presenta en las formas clásicas del orgullo y la vanidad, cuando la mesa está servida y no nos vemos complacidos en primer lugar y por encima de los demás.

Cuando queremos entonces  la máxima estima solo para nosotros mismos, es posible señal de que debamos ahondar en la virtud de la humildad y en la pureza de intención.

Otra vertiente se presenta en la avaricia que nos lleva a apegarnos a los objetos y su uso
buscando llenar solo planes propios personales, un vicio para el que es necesario
cultivar la virtud de la templanza.

Le sigue la envidia conocida como ese caprichoso desinterés por el prójimo y el
aislamiento, así como molestarse cuando los demás son reconocidos y nosotros no, lo
que se puede aliviar cultivando la virtud de la generosidad.

La ira se reconoce en el amor propio desmedido y la indiferencia, la facilidad para
enojarse y la dificultad para perdonar de corazón.

El principal reto del orgullo herido es no reaccionar cuando la mesa está servida pero no va conforme al “deber ser”. La virtud a cultivar será la mansedumbre.

Mi reflexión final

Cuando la mesa está servida cada quien puede decidir si se sienta a degustar, disfrutar y compartir sin importar lo que ve alrededor o si es preferible preguntarse antes

¿Cómo me siento en este lugar?

¿Es aquí donde quiero estar?

Antes de vivir una experiencia indigesta siempre es posible revisar nuestras emociones en cada situación, experimentarlas, validarlas y luego plantearnos el cambio hacia la
virtud que puede hacer de nosotros mejores personas.

Dios les bendiga

 

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Rosa Masi

Emprendedora del Programa Cuidar de Ti... Convencida de la importancia de reconocer y validar nuestras emociones para aprender a relacionarnos con nosotros mismos y con los demás desde el adulto sano

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