La peregrina

La palabra viajar no estaba contenida en su diccionario, le parecía al principio agotador en cuanto el desarrollo de la superproducción que le permitiera llevar todo lo necesario y lo que pudiera necesitar, cosa imposible cuando se trata solo de disfrutar de la jornada y de la ruta. Empezaba a ser la peregrina.

Llegó un día, como suele suceder, la mirada a través de la experiencia de los expedicionarios que suben montañas bajo el ardiente sol y también con la luz de la luna llena, se sembraba la curiosidad y el deseo de unirse a aquel grupo, la premisa. ¿Por qué no?

Pero todo viaje no solo requiere de logística, sino de pequeños bolsos atiborrados de cosas que se espera ir descargando en el camino. Y lo más importante: sin la expectativa de que haya alguien que quiera, o se ofrezca, a llevar ese peso por ti. Era cuestión de tomar las inteligentes previsiones de la peregrina.

A aquella ruta seguirían las acampadas en las costas de Aragua, en un tiempo en el que se podía hacer con básicas medidas de seguridad. Disfrutaba de las fogatas y de un cielo tapizado de múltiples y diminutas estrellas. ¿Cómo despedirse de aquel escenario cuando terminaba el asueto?

Se presentaba de nuevo el espíritu aventurero, y le decía camina un poco más allá de la playa y consigue el agua dulce de un río. Llegaban noticias descubiertas al otro lado, en medio de montañas, una bahía, tranquila cristalina, de muy poca profundidad que se escondía entre las paredes de gruesa piedra que la resguardaban.

El rugir del agua al choque certero perdía fuerza en cada arremetida y pasaba rendida hacia el recién descubierto oasis llamado Cata. Cosas que puede descubrir la curiosidad de la peregrina.

Conserva aún, de las rutas que quiso seguir explorando, las tonalidades verdosas que asomaban claramente en el fondo, bajo las aguas de Mochima, la figura de una virgen y hasta los gentiles delfines que ofrecían una generosa danza justo en el momento en que el mar se empezaba a “picar”.

Temeraria experiencia para quien no sabe cómo hacer cuando se halla en medio de aguas profundas.

La peregrina
La peregrina

Había ya cambiado para ese momento la preferencia de visitar playas por la de visitar la explanada limpia, verde, con un horizonte interminable de azul henchido de motas y rayas blancas. Un sueño hecho realidad luego de escuchar tantas veces ¿no has ido a Gran Sabana?

Insistía la peregrina en ir más allá y se embarcó en el interminable recorrido de varios días dedicados al ascenso y descenso por la formación rocosa más antigua del planeta, Roraima. Una experiencia tan mágica como dolorosa; las rodillas habían quedado resentidas luego de tanto esfuerzo sostenido.

¿Fue este el último de los viajes de la peregrina? Para nada. Solo que ya no buscaba rutas externas, sino que se atrevía a hacer viajes internos para descubrir la verdadera razón detrás del deseo de viajar.

La sola posibilidad de alejarse durante unos días del mundo le resultaba fascinante. Aunque no lo parezca resultó que quería dejar atrás el pesado fardo de dolor, tristeza y culpas acumuladas, que mientras más lo separaba de sí, más adherido a su piel parecía estar. Necesidad latente de huida y de extinguir las voces externas que la aturdían, en uno y otro viaje. La ilusión terminaba al tener que volver “a casa”.

Caída la locha sobre el mesón se daba cuenta de que el viajar no era realmente un placer o un disfrute. Se había convertido en una agotadora tarea de preparación, con corta fecha de caducidad. Finalmente sería necesario volver a la rutina, con sus avatares y conflictos.

Sin embargo, seguía siendo fascinante para la peregrina tener algo que contar. Y aun y cuando en alguno de aquellos lugares visitados no encontrara acomodo, se adaptaba, observaba y recopilaba experiencias y estampas para su álbum de vida.

Mi reflexión final

Ser la peregrina te entrena para sobrellevar experiencias extremas, dormir muy cerca del suelo. Con el calor abrasador del sol obligándote a salir de la seguridad de tu carpa o el agua del mar picado llegando a tu cara de golpe te hace ganar aplomo ante el miedo. También la curiosidad de despertar antes del amanecer para disfrutar del paisaje sereno.

Ser la peregrina te lleva a descubrir cosas por ti misma, en tu propia versión, con los ojos del testimonio que solo puede salir de tu corazón para tocar y ganarse a otros corazones.

Alimenta el fascinante escenario que te permite contar historias, tus propias historias. Y te hace observadora sensible, empática y compasiva con quien ha vivido la experiencia de ser la peregrina.

Ser la peregrina te hace detenerte en tu centro, tu lugar, tu sentir, una vez que te has vaciado del deseo de salir a buscar fuera de ti.

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Rosa Masi

Emprendedora del Programa Cuidar de Ti... Convencida de la importancia de reconocer y validar nuestras emociones para aprender a relacionarnos con nosotros mismos y con los demás desde el adulto sano

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